jueves, 3 de marzo de 2016

¿Qué sucedió con el cuerpo del padre Charbel tras su muerte?


¿Qué sucedió con el cuerpo del padre Charbel tras su muerte? 

Aún antes, mucho antes de que Charbel fuera declarado santo en 1977 por el papa Paulo VI, máxima autoridad de la Iglesia Católica Romana, ya se le conocía en vida como "el santo ermitaño", pues con sus oraciones y bendiciones, obraba milagros, de esto hubo varios testimonios, como cuando bendecía el agua y con ella curaba personas y animales enfermos.

Ésta fue la razón por la que tanto los monjes como los habitantes de los alrededores del monasterio sintieron gran tristeza por la muerte del padre Charbel aquel gélido 24 de diciembre de 1898. 

Ese día el cuerpo se colocó en una sencilla camilla para transportarlo desde la ermita de San Pedro y San Pablo hasta el monasterio de San Marón de Annaya. El cortejo estaba conformado por el padre Makarios, compañero cercano de Charbel, Miguel Abi-Ramia y el hermano Jawwad, entre otros. Por el camino varias personas les abrieron paso entre la espesa nieve que había cubierto todos los caminos, como solía suceder por las bajísimas temperaturas que se presentaban durante el invierno. 

Los que presenciaban el paso del cortejo fúnebre trataban de besar o al menos tocar el cuerpo del padre Charbel, tan sólo ese pequeño acto y la enorme fe que le profesaban eran suficientes para mitigar un poco la tristeza y para sentir que él les dejaba su protección y sus bendiciones. Las mujeres por su parte, sabedoras de las costumbres del padre muerto de mantenerse alejado de ellas, se resignaban a arrodillarse y persignarse ante la presencia del cuerpo. 

Entre los monjes que cargaban la camilla uno comentó: 
—El frío es insoportable aun cubriéndonos con alguna prenda gruesa, ¿cómo es posible que el padre Charbel haya aguantado 23 años aquí, vistiendo tan sólo un viejo hábito que lo mismo le servía en verano que en invierno? 

Y es que el frío viento atormentaba las manos, la cara, y hasta el aliento de quienes llevaban la camilla. Una vez que arribaron a su destino el cuerpo fue depositado sobre una tabla en la capilla del monasterio y posteriormente el padre superior procedió a anotar en su archivo lo acontecido. 

Posteriormente los sepultureros se ocuparon en quitar una enorme piedra para abrir la bóveda de una especie de cueva construida con piedra, aledaña a la iglesia del monasterio, donde respetuosamente se depositaban los cadáveres de los miembros de la comunidad monacal. Era un lugar pequeño, sencillo y por su supuesto austero, como lo marcan las reglas de la orden maronita; un lugar que solía inundarse y conservar el suelo lodoso la mayor parte del tiempo. 

Al entrar, los hombres colocaron respetuosamente a un lado las osamentas que eran dispersadas a causa del agua que inundaba el lugar, tras escombrar un poco, esperaron a que se llevaran a cabo las exequias del padre Charbel para introducir el cuerpo. Llegado el momento, un cortejo de monjes y demás personas acompañaron a su última morada al cadáver del querido ermitaño. El cuerpo, tan sólo cubierto por su hábito, se colocó en el centro del lugar sobre dos tablas apoyadas sobre piedras, ya que el suelo estaba lodoso. En seguida los sepultureros colocaron nuevamente la enorme piedra de la entrada y la sellaron. 

El primer prodigio que se suscitó tras su muerte fue sobre su propia tumba. 

A los pocos días de la muerte del padre Charbel, algunos lugareños se percataron de que durante las noches una luz iluminaba la tumba donde se encontraba el cuerpo del ermitaño y acudieron al monasterio a informar al padre superior, quien incrédulo les dijo que si volvían a ver el extraño fenómeno le avisaran inmediatamente para corroborar lo que le decían. Los hombres acordaron como señal un disparo de fusil en cuanto apareciera la misteriosa luz. 

El padre superior estaba convencido de la entrega total a Dios que Charbel había hecho en vida y sabía de sus actos milagrosos, pero esto, ¿sería una señal divina? 

Al llegar la noche el padre superior se sobresaltó al escuchar que tocaron violentamente la puerta del convento, se trataba de un grupo de hombres, encabezados por un musulmán que era el prefecto de la zona. 

—Guiados por una luz que iluminaba este lugar, venimos persiguiendo a un hombre, seguramente se encuentra escondido por aquí. 

El padre superior se sintió cada vez más intrigado por la mencionada luz cuando de pronto escuchó la señal del disparo. Salió corriendo de su oficina y, seguido por los recién llegados, se dirigió a la tumba donde se encontraba el cuerpo del padre Charbel. 

—Esa luz ilumina al que en vida fue un santo —dijo conmovido al comprobar que era verdad lo que le habían dicho. 

— i Queremos saber que hay ahí dentro! —dijo el prefecto de la zona. 

—No puedo abrir la tumba a menos que tenga autorización del Patriarca maronita. El prefecto se dirigió a solicitar la autorización y posteriormente se abrió la tumba, que a causa de la luz se había convertido en un lugar de reunión de numerosos fieles, algunos de los cuales hasta intentaban tomar como reliquia algo de los restos del padre Charbel. 

Al momento de abrir la tumba, los ahí presentes se percataron de que una parte del cuerpo del padre Charbel se encontraba entre el agua y el lodo que inundaba el lugar, y a pesar de eso aquél permanecía incorrupto, parecía como si el padre sólo estuviera dormido pues el cuerpo estaba tan flexible y la piel tan suave como cuando estaba con vida, además de que no despedía ningún olor o rastro de descomposición. 

Tras observar esto, el padre superior se dirigió a informar lo sucedido al Padre General de la Orden y al Patriarca, a fin de que le autorizaran exhumar el cuerpo, colocarlo en un ataúd cerrado y en una tumba más apropiada. 

Aunque en un primer momento las autoridades consultadas no estuvieron de acuerdo con lo anterior, al ver la popularidad que había adquirido el ermitaño entre la gente, ya fuera cristiana o musulmana, decidieron aceptar, lo mejor sería colocarlo en un ataúd y trasladarlo a un lugar escondido donde la gente no tuviera acceso a él, pues no se contaba con la autorización eclesíástica para venerarlo como santo. 

El 15 de abril de 1899 se abrió la tumba ante la presencia de un grupo de diez personas conformado por laicos y religiosos, quienes atestiguaron y dieron fe ante la Comisión Eclesiástica de la situación en que se encontraba el cuerpo del ermitaño Charbel: totalmente conservado, a diferencia de la ropa que vestía y que estaba en muy malas condiciones. 

¡No cabía duda, el padre Charbel era un santo! ¡El estado incorrupto de su cuerpo era una señal de Dios! Si no de qué manera se entendía que 932 monjes y ermitaños se hubieran enterrado antes que Charbel, il en la misma tumba, y 20 más después de él, y que todos, absolutamente todos esos cuerpos hubieran experimentado el proceso normal de descomposición, acelerado en gran parte por las condiciones del lugar. 

Aunque algo más que sorprendió a los presentes fue que de un costado del cuerpo de Charbel transpiraba agua con sangre, algo inexplicable para la ciencia médica. Se procedió a cambiarle el hábito y a colocarlo en un ataúd abierto; después lo llevaron a un cuarto contiguo a la iglesia a la que se llegaba subiendo una escalera de piedra. Los superiores consideraban que ahí estaría lejos de sus fieles. 

Pero no se acababan los problemas sino que se presentaban otros. Tres días después de estar en su nuevo lugar, el cuerpo del padre Charbel se hizo notar, pues despedía un extraño olor que aunque no era desagradable sí distraía a los monjes. Lo más grave era que el líquido sanguinolento que salía del cuerpo corría por las escaleras de piedra que conducían a donde se encontraban, con lo cual temían que esto delatara el lugar secreto donde lo habían colocado. 

El párroco del monasterio, padre Joseph Al Kfoury, tomó la decisión de cambiar nuevamente de lugar y con la mayor discreción posible el cadáver. En un principio fue conducido a una de las celdas, pero después el padre, con ayuda de otro monje, lo colocó en una terraza con la esperanza de que se oreara y con ello se secara ese líquido que el cuerpo transpiraba por todos sus poros; además, para evitar que la sangre con agua corriera por los pasillos, se envolvió el cuerpo con dos sábanas a fin de que éstas la absorbieran. 

Todo fue en balde. Luego de cuatro meses en la terraza el líquido seguía empapando las sábanas, las cuales era necesario cambiar todos los días.

Entonces se tomó otra decisión: extirpar los órganos internos, lo cual llevaría a cabo el médico Saba bou Moussa, quien posteriormente declararía que al momento de la operación los órganos tenían la apariencia de una persona viva. La cirugía fue un éxito, pero no la solución para que el cuerpo dejara de emanar el líquido, pues esto continúo de la misma manera. 

Para 1901, la gente suplicaba que se le permitiera ver el cuerpo del amado y milagroso ermitaño. El padre Joseph Al Kfoury autorizó que se le colocara en un cuarto cercano a la entrada del monasterio. Esta vez lo pusieron parado en una vitrina, pues aquél consideraba que de tal manera sería más fácil absorber el extraño sudor al envolverle los pies con las sábanas. Por ese tiempo el doctor Najib el Khoury propuso lo que consideraba la mejor solución para acabar con la transpiración: colocar cal viva en los pies del cuerpo del padre Charbel mientras permanecía en la vitrina. Esto además de absorber el líquido descompondría el cuerpo. 

Pero tampoco funcionó y el doctor declaró que estaba ante un fenómeno inexplicable para la ciencia. 

Algunos monjes consideraban que esa no era una posición adecuada y se le colocó nuevamente en el ataúd, que fue sustituido en 1909 por una caja que donó el doctor Georges Choukralla y en la que permanecería hasta 1927. Este médico, al igual que cuanto especialista se consultaba para dar una explicación sobre la conservación del cuerpo del ermitaño, reconoció que para él se trataba de algo sobrenatural. 

Ante todo esto, los padres superiores de la Orden Maronita decidieron "introducir al tribunal de Roma la causa de beatificación del padre Charbel". Solicitud encabezada por el padre Ignace Dagher, Superior General, en 1925 ante el Papa Pío XI, quien dio la orden de dar inicio a la encuesta eclesiástica, requisito indispensable que consiste en presentar las pruebas de santidad y los milagros obrados del futuro beato, lo cual estaría a cargo del Patriarca. 

En 1926 el cuerpo del padre Charbel se cambió de lugar, pues mientras la Santa Sede no lo autorizara no podría ser venerado. 

Para el 24 de julio de 1927 el cuerpo del ermitaño nuevamente fue exhumado ante un numeroso grupo de gente entre los que estaban miembros de la comisión eclesiástica. El objetivo era dar fe de las condiciones en que se encontraba el cuerpo e informar de la vida y obra del padre Charbel. Todo se plasmó en un documento que también hacía referencia a la "introducción eventual de la causa de beatificación", el cual fue metido en un cilindro de metal. El cuerpo se colocó en una caja de madera que a su vez se puso dentro de una de cinc que contenían el cilindro del reporte. Los ataúdes se metieron en una tumba hecha cerca de la cripta y se colocaron sobre dos piedras.

Transcurrió el tiempo hasta que el 25 de febrero de 1950, se empezó a observar que de la pared de la cripta perneaba un líquido. El Superior General de la Orden, Jean Andary, ordenó que se abriera la tumba para confirmar el estado en que se encontraba el cuerpo. Grande fue su sorpresa al observar que el cuerpo no sólo se encontraba en perfectas condiciones, sino que aún trasudaba y que eso era lo que había traspasado la pared de la tumba. 

Tras haber sido informado de lo anterior, el Patriarca Antoine Arida ordenó, en presencia de médicos y eclesiásticos, una nueva exhumación. Lo que observaron fue lo mismo de ocasiones anteriores: el cuerpo permanecía incorrupto, la ropa se encontraba en malas condiciones al igual que los ataúdes, pues incluso el de cinc se había abierto de la parte de los pies; el cilindro de metal estaba inservible pero aún protegía el reporte de 1927. 

Para entonces los fieles suplicaban por un poco de ese sudor del ermitaño, pues aseguraban que era milagroso y curaba todas las enfermedades. 

Ese año de 1950 se sucedieron innumerables milagros y el cuerpo del padre se volvió a colocar en la tumba tomando todas las precauciones posibles para evitar el saqueo. Pero si los cientos de fieles que llegaban ante la tumba no podían tener algo de la ropa o del sudor del padre, se contentaban con llevarse un puñado de tierra del monasterio o una rama, hoja o incluso corteza del roble bajo el cual el padre Charbel solía hacer oración. 




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